1. Diagnóstico y punto de partida
En la Universidad Icesi, el área de Humanidad, Tecnología y Ciencia (HTC) agrupa más de una docena de cursos de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS) que comparten un propósito formativo común: desarrollar en los estudiantes la competencia de pensamiento crítico. Los docentes que los imparten provienen de campos muy distintos — biología, química, física, ciencias sociales, estudios políticos, arquitectura, humanidades — y cada uno ha construido su curso con autonomía, creatividad y compromiso genuino. Hace varios años, ese grupo comenzó a reunirse periódicamente en lo que se fue consolidando como el Seminario CTS: un espacio donde los docentes compartían lecturas, discutían problemas pedagógicos y construían vínculos que iban más allá del intercambio disciplinar.
Fue en ese espacio, ya con historia y confianza acumulada, donde comenzaron a aflorar con honestidad las tensiones que cada docente cargaba por separado. La pandemia había obligado al equipo a repensar sus cursos desde cero para entornos virtuales — de ese esfuerzo colectivo surgieron las primeras cajas de herramientas didácticas compartidas. Luego vino un cambio institucional en la competencia transversal del área, que desplazó el foco hacia el pensamiento crítico como eje central de todos los cursos. Y encima de eso, la irrupción de la inteligencia artificial generativa transformó radicalmente el panorama: de repente cualquier estudiante podía producir en minutos un texto bien argumentado sin haber pensado nada, y las estrategias evaluativas que antes funcionaban dejaron de funcionar de la misma manera.
En ese cruce, el seminario se convirtió en el lugar donde los docentes pudieron nombrar colectivamente algo que individualmente era difícil de articular: no sabían con certeza qué estaban evaluando. Sabían enseñar — tenían didácticas potentes, actividades inmersivas, cursos que a los estudiantes les impactaban. Pero la evaluación seguía siendo el eslabón suelto: desconectada de las experiencias más ricas del curso, centrada muchas veces en el producto final en lugar del proceso de pensamiento, sin criterios suficientemente claros para distinguir un estudiante que aprendió a argumentar de uno que aprendió a simular que argumenta. Y sin un espacio colectivo de reflexión, esa brecha hubiera seguido resolviéndose de forma individual, semestre tras semestre, sin acumulación ni aprendizaje compartido.
Lo que ese proceso reveló no es una dificultad exclusiva del área CTS: es una paradoja estructural de la formación docente universitaria. Se les pide a los profesores desarrollar competencias complejas en sus estudiantes — pensamiento crítico, capacidad argumentativa, reflexión sobre la propia postura — pero nadie los ha preparado para evaluar ese tipo de aprendizaje. La formación disciplinar que los hizo expertos en sus campos no incluye herramientas para saber qué evidencia demuestra que un estudiante está desarrollando pensamiento crítico, cómo se construye una estrategia evaluativa coherente a lo largo de un curso completo, o cómo se diferencia evaluar un contenido de evaluar una competencia. Esa brecha no es menor: sin claridad evaluativa, la innovación didáctica flota sin propósito y el estudiante aprende a resolver la evaluación, no a pensar.
El problema se agudiza por un contexto estudiantil que cambió más rápido que las prácticas docentes. La irrupción de la inteligencia artificial generativa transformó radicalmente lo que significa producir un trabajo académico: hoy cualquier estudiante puede generar en minutos un texto bien redactado, con argumentos coherentes y referencias pertinentes, sin haber pensado nada. Eso no es un problema tecnológico — es un problema evaluativo. Revela que muchas de las estrategias vigentes medían la producción de un texto, no el pensamiento detrás de él. A eso se suma una relación cada vez más instrumental de los estudiantes con el aprendizaje: lo que importa es la nota, no la comprensión; aprobar, no pensar. Cuando la evaluación no está diseñada para hacer esa diferencia visible, termina reforzando exactamente lo que dice querer combatir.
Para los docentes, esas tensiones se traducen en frustraciones concretas y cotidianas: la sensación de que lo que evalúan no refleja lo que realmente ocurrió en el proceso de aprendizaje, la dificultad de retroalimentar con criterios claros una competencia que no está del todo definida operativamente para su curso específico, y la soledad de resolver esa pregunta de forma individual semestre tras semestre. La formación docente disponible — talleres, diplomados, programas de actualización — rara vez llega a ese nivel de especificidad. Prepara para innovar en el aula, pero no para cerrar el ciclo entre lo que se enseña, lo que se aprende y lo que se evalúa.
2. Objetivos
Este proyecto busca que equipos docentes de educación superior puedan:
3. Enfoque pedagógico
La pregunta que organiza este proyecto no es cómo capacitar docentes, sino cómo crear las condiciones para que una comunidad docente transforme colectivamente sus prácticas desde adentro. Esa distinción no es semántica: implica una apuesta pedagógica distinta, donde el proceso de formación no llega desde afuera como una intervención sino que emerge desde adentro como una necesidad que la propia comunidad identifica, nombra y trabaja. El Seminario CTS es la evidencia de que eso es posible — y el modelo que este proyecto documenta y propone para ser replicado.
La propuesta se organiza en tres niveles articulados.
El primero es la comunidad docente como base habilitadora. Sin ella, cualquier cambio en la práctica evaluativa queda reducido a una decisión individual, aislada y difícilmente sostenible. Lo que una comunidad docente construye con el tiempo no es un protocolo sino una cultura: un espacio donde mostrar las propias dudas pedagógicas es posible, donde lo afectivo pesa tanto como lo técnico, donde la confianza entre pares hace que las transformaciones sean apropiadas y no solo adoptadas formalmente. Un docente transforma su forma de evaluar no solo porque aprendió una herramienta nueva, sino porque lo hizo en un entorno donde se sintió acompañado para hacerlo.
El segundo nivel es el generador de valor: docentes que diseñan trayectorias evaluativas coherentes con una competencia compleja compartida, articuladas a las didácticas inmersivas propias de cada curso, a lo largo de todo el semestre. La evaluación deja de ser un momento puntual de medición y se convierte en una cadena de experiencias que acompaña, visibiliza y potencia el aprendizaje. Este rediseño trabaja siempre sobre lo que los docentes ya hacen: reflexionando, conectando y sistematizando prácticas existentes en lugar de reemplazarlas.
El tercer nivel es el resultado que llega al estudiante: una evaluación con sentido para quien aprende, que conecta con su contexto, que le exige pensar, que lo acompaña en lugar de interrumpirlo. El propósito no es un instrumento mejor diseñado sino que el acto de evaluar tenga un lugar real en la trayectoria de aprendizaje del estudiante.
Dos principios pedagógicos transversales sostienen toda la propuesta. El primero: la comunidad es en sí misma una didáctica inmersiva — los docentes no reciben formación sobre cómo innovar, viven primero la experiencia que luego aprenderán a construir para sus estudiantes. Lo que experimentan como participantes es exactamente lo que aprenden a diseñar para sus cursos. El segundo: no se comienza desde cero — la comunidad trabaja siempre sobre prácticas ya implementadas, lo que garantiza que los cambios sean apropiados, creíbles y sostenibles.
4. Cómo funciona: el seminario como modelo
El Seminario CTS opera con una lógica simple pero deliberada: regularidad, reciprocidad y acumulación. Se reúne quincenalmente durante el semestre, entre cuatro y ocho sesiones de dos horas según las necesidades concretas del grupo. La mayoría de las sesiones son virtuales para facilitar la participación de un equipo numeroso e interdisciplinario, pero se procura que al menos dos sesiones por semestre sean presenciales — en espacios fuera del aula, como parques o entornos naturales — porque esos encuentros fortalecen los lazos de comunidad de una manera que la virtualidad no puede reemplazar.
Cada semestre tiene un foco de trabajo construido colectivamente a partir de las necesidades que el propio grupo identifica. Ese foco puede ser un problema pedagógico compartido, el análisis de prácticas evaluativas existentes, el diseño de nuevas estrategias, o la reflexión sobre un reto del contexto. El trabajo alterna entre la reflexión individual previa a las sesiones, el trabajo en pequeños grupos dentro de ellas y la plenaria colectiva, siguiendo una lógica que combina la autonomía de cada docente con el aprendizaje compartido.
Lo que distingue al seminario de un taller o una capacitación no es su formato sino su continuidad. Cada sesión construye sobre la anterior; cada semestre construye sobre el anterior. Los docentes que llevan varios semestres participando son quienes integran a los nuevos, lo que garantiza que la cultura se transmita sin necesidad de reiniciar el proceso desde cero. De esa acumulación emergen productos colectivos concretos — catálogos de actividades, instrumentos de análisis, recursos documentados en el blog institucional — que son a la vez resultado del proceso y materia prima para el siguiente ciclo.
Para replicar este modelo, cualquier institución necesita tres condiciones mínimas: un grupo de docentes que compartan una competencia o propósito formativo común, disposición para reunirse con regularidad durante al menos dos semestres consecutivos, y un facilitador que garantice el ambiente de confianza y conduzca el proceso sin sustituir la agencia del grupo. El área disciplinar no es una condición — lo que importa es el propósito compartido.
5. Implementación: actividades principales
El punto de partida del trabajo en el seminario es siempre lo que los docentes ya tienen: cursos construidos con años de experiencia, didácticas inmersivas probadas y evaluaciones que funcionan pero que aún no están del todo articuladas a una intención pedagógica consciente sobre la competencia. Eso es lo que el seminario toma como materia prima — no para reemplazarlo sino para reflexionarlo, conectarlo y potenciarlo. Las didácticas inmersivas documentadas en el blog del área no son el resultado del proceso: son el recurso de trabajo desde el que se parte para rediseñar las estrategias evaluativas.
Sobre esa base, el trabajo se organiza en torno a tres tipos de actividades articuladas.
El taller como dispositivo de catarsis y co-creación. El punto de entrada del ciclo de trabajo sobre evaluación es un taller estructurado en seis rondas progresivas: una primera ronda de catarsis donde cada docente nombra sus frustraciones evaluativas sin buscar soluciones; una segunda donde el grupo identifica colectivamente si su intención evaluativa apunta al contenido o a la competencia; una tercera de análisis de causas; una cuarta de co-creación de focos pedagógicos para evaluar pensamiento crítico; una quinta de exploración del potencial de la IA como apoyo a la intención evaluativa del docente; y una plenaria de síntesis. El taller no es un evento aislado: es el mecanismo que abre el ciclo de cada semestre y genera los insumos para lo que viene.
El trabajo con las evaluaciones durante el seminario. A partir del taller, cada docente documenta sus actividades evaluativas existentes respondiendo cinco dimensiones: relación con resultados de aprendizaje, tipo y forma de evaluación, estrategia didáctica, tipo de retroalimentación y ajuste frente a los retos de la IA. Ese material se trabaja colectivamente en el seminario: se comparte en grupos pequeños, se identifican patrones, fortalezas y brechas, y cada docente diseña ajustes incrementales a sus prácticas existentes. El resultado no es un modelo único sino compromisos individuales construidos desde la reflexión colectiva — siempre anclados en las didácticas inmersivas que cada curso ya tiene desarrolladas.
La sistematización: guía de preguntas y sistema de códigos. Para que el análisis pudiera hacerse de forma rigurosa y compartida, el equipo desarrolló dos herramientas complementarias: una guía de 26 preguntas organizadas en cinco niveles — desde preguntas descriptivas sobre las actividades hasta preguntas transversales sobre patrones del área — y un sistema de familias de códigos con siete categorías que permiten clasificar y comparar las prácticas evaluativas de todos los cursos. Estas herramientas son replicables en cualquier contexto institucional que quiera hacer un análisis sistemático de sus prácticas evaluativas.
6. Recursos educativos: las didácticas inmersivas como estrategia evaluativa
Las didácticas inmersivas del área CTS son el corazón pedagógico visible de este proyecto y el recurso central desde el que se trabaja el rediseño evaluativo en el seminario. Cada una está diseñada no como actividad de aprendizaje separada de la evaluación, sino como evaluación en sí misma: una experiencia que activa dimensiones concretas de la competencia de pensamiento crítico y que produce evidencia observable de su desarrollo. Los siguientes cuatro ejemplos ilustran la diversidad del repertorio y la coherencia del enfoque.
Master Chef CTS — Curso: Tecnologías en los Territorios. Docentes: Juan Felipe Castaño y Gloria Guevara.
Actividad de cierre de semestre en la que los estudiantes cocinan y defienden ante un jurado un plato que argumenta sobre soberanía alimentaria, territorio y desigualdad en el Valle del Cauca. Es el punto de llegada de una cadena evaluativa que atraviesa todo el semestre e incluye visitas a museos, reconstrucción de historias familiares territoriales, simulacros de mesas de gobernanza con actores reales y experiencias de siembra y cosecha. Objetivo en el marco de la competencia: que el estudiante sustente de forma expresiva y creativa su propia valoración sobre un problema territorial complejo, integrando evidencia empírica vivida, perspectivas teóricas y reflexión sobre sus propias razones biográficas para pensar el territorio como lo piensa. Documentado en podcast: https://open.spotify.com/episode/213IFZPhRCIaWDLzS4dA08
Laboratorio práctico de microbiología — Curso: La Vida Social de los Virus, Hongos y Bacterias. Docentes: Claudia Castañeda y Laura Romero García.
Los estudiantes observan microscópicamente bacterias, hongos y parásitos, y realizan un experimento de higiene de manos evaluando el crecimiento de microorganismos antes y después del lavado en placas de Petri. La actividad hace tangible lo que siempre fue invisible, estimula los sentidos y conecta el conocimiento científico con las percepciones cotidianas y los mitos circulantes en redes sociales. Objetivo en el marco de la competencia: que el estudiante reconstruya el problema de la salud pública desde sus dimensiones científicas y socioculturales, y sustente una postura argumentada a partir de la evidencia que él mismo produjo en el laboratorio — diferenciando conocimiento científico de percepción cotidiana. Documentado en: https://www.icesi.edu.co/blogs/humanidadtecnologiaciencia/2025/05/28/explorando-un-mundo-invisible-laboratorio-practico-de-microbiologia/
Naturaleza y ciudad: el río Cali como aula — Curso: Las Guerras del Agua y Justicia Ambiental. Docente: Gloria Guevara.
Los estudiantes realizan un recorrido inmersivo por el Parque Metropolitano del Río Cali, explorando sus servicios ecosistémicos — regulación del clima, purificación del aire, biodiversidad, espacios de bienestar — como ejercicio de reconocimiento territorial y sensibilización crítica. Objetivo en el marco de la competencia: que el estudiante reconstruya el problema ambiental urbano desde múltiples dimensiones — ecológica, política, histórica y social — y produzca una valoración argumentada sobre la relación entre naturaleza, ciudad y justicia, usando el territorio que habita como problema que debe pensar y no solo describir. Documentado en: https://www.icesi.edu.co/blogs/humanidadtecnologiaciencia/2025/10/23/naturaleza-y-ciudad-una-mirada-al-rio-cali-desde-la-justicia-ambiental/
IA y Living Systems Labs: intervención en el Zoológico de Cali — Curso: Entre Titanes Digitales y Oráculos Artificiales. Docentes: Robin Castro y Juan Felipe Castaño.
Los estudiantes realizan una investigación documental previa y luego intervienen en el Zoológico de Cali, donde cada grupo analiza una zona como sistema vivo — aplicando pensamiento sistémico — y propone la incorporación de tecnologías de IA. La actividad constituye el primer parcial del curso en formato oral y audiovisual. Objetivo en el marco de la competencia: que el estudiante aplique marcos teóricos CTS a un problema real, sustente un punto de vista con evidencia empírica sobre la intersección entre inteligencia artificial y sistemas naturales, y exprese con creatividad su valoración sobre los límites y posibilidades de la IA cuando se enfrenta a la complejidad de los sistemas vivos. Documentado en: https://www.icesi.edu.co/blogs/humanidadtecnologiaciencia/2024/11/08/inteligencia-artificial-y-living-systems-labs-una-intervencion-en-el-zoologico-de-cali/
7. Evaluación y resultados
Las didácticas inmersivas descritas no son actividades aisladas ni decorativas: son la evidencia más concreta de lo que este proyecto produce. Cada una de ellas es el resultado visible de un proceso invisible — el trabajo colectivo del seminario — donde un docente reflexionó sobre su práctica, identificó la brecha entre lo que enseñaba y lo que evaluaba, y rediseñó su estrategia para que la evaluación dejara de ser un momento de medición y se convirtiera en parte constitutiva del aprendizaje. Lo que el estudiante vive en el laboratorio, en el río, en el zoológico o cocinando un plato con argumento no es una experiencia adicional al curso: es la evaluación misma, diseñada para activar pensamiento crítico en lugar de reproducir contenidos. Esa transformación — de la evaluación como producto a la evaluación como estrategia — es el resultado central de este proyecto.
Resultados del proceso colectivo:
El seminario ha producido un conjunto de herramientas pedagógicas construidas colectivamente, probadas en el contexto del área CTS y disponibles para su replicación en otros entornos institucionales.
Una guía de análisis de prácticas evaluativas, diseñada para que los docentes puedan examinar de forma sistemática y reflexiva las evaluaciones de sus propios cursos, identificar qué dimensiones de la competencia están efectivamente siendo evaluadas, cuáles están ausentes y cómo se distribuye la evaluación a lo largo del semestre. La guía organiza 26 preguntas en cinco niveles progresivos: desde preguntas descriptivas sobre el tipo y forma de cada actividad evaluativa, hasta preguntas transversales que permiten leer el área como un todo — qué patrones emergen, qué brechas se repiten y cómo responden las evaluaciones existentes a los retos de la IA generativa. Permite que cualquier equipo docente haga un diagnóstico honesto de sus prácticas sin necesidad de un evaluador externo.
Un sistema de familias de códigos para sistematizar los resultados de la guía, organizado en siete categorías que van desde el tipo de evaluación y los criterios de competencia activados, hasta la estrategia didáctica, la retroalimentación y la respuesta frente a la IA. Su propósito es hacer comparable lo que de otro modo sería incomparable: actividades evaluativas de cursos tan distintos como microbiología, filosofía de la tecnología, urbanismo o cerámica. Al codificar cada actividad con las mismas categorías, el equipo puede identificar fortalezas colectivas y brechas compartidas, y tomar decisiones pedagógicas basadas en evidencia construida por el propio grupo.
Un taller de evaluación en tiempos de IA, diseñado para abrir una conversación colectiva honesta sobre las tensiones que la IA generativa introduce en la evaluación universitaria y para construir, desde ahí, nuevas estrategias evaluativas alineadas con competencias complejas. El taller se estructura en seis rondas progresivas con objetivos, preguntas orientadoras, tiempos sugeridos y materiales de trabajo, y está pensado para realizarse en dos horas con cualquier grupo docente que comparta una competencia o propósito formativo común. Su diseño garantiza que el grupo pase de la catarsis — nombrar lo que no funciona — al diseño — construir lo que podría funcionar — sin saltarse el análisis de causas que conecta ambos momentos. No requiere formación previa en pedagogía: requiere disposición para la honestidad colectiva.
Un catálogo documentado de actividades evaluativas que recoge, para cada curso del área, las evaluaciones existentes descritas en cinco dimensiones: su relación con los resultados de aprendizaje, el tipo y forma de evaluación, la estrategia didáctica que la sostiene, el tipo de retroalimentación que produce y los ajustes que cada docente ha introducido frente a los retos de la IA. No es un repositorio pasivo: es el insumo de trabajo del seminario, el punto de partida desde el que cada docente revisa su propia práctica con los ojos de sus pares.
El proceso en curso este semestre es el que articula todo lo anterior: la reelaboración de las estrategias evaluativas de cada curso, tomando las actividades documentadas en el catálogo y reorganizándolas en una trayectoria coherente a lo largo del semestre. El objetivo es pasar de evaluaciones por corte — actividades bien diseñadas pero sin continuidad entre sí — a cadenas de experiencias con intención pedagógica explícita, donde cada actividad prepara, activa o consolida una dimensión de la competencia de pensamiento crítico, y donde la evaluación final no mide lo que el estudiante recuerda sino lo que ha aprendido a hacer con lo que vivió.
Productos colectivos de la comunidad:
Escala: más de 17 docentes interdisciplinarios participan activamente, desarrollando estrategias evaluativas basadas en didácticas inmersivas en más de 14 cursos independientes, con un impacto directo de aproximadamente 490 estudiantes por semestre.
Sobre el impacto en los estudiantes: el seguimiento sistemático de la transformación de los cursos y su impacto en el desarrollo de la competencia de pensamiento crítico es el siguiente paso del proceso. Se está desarrollando una herramienta de medición de la competencia aplicable al inicio y al cierre de los cursos, de la que ya se han realizado pilotos. Los resultados están siendo refinados para calibrar su sensibilidad y capacidad de capturar cambios reales en el desarrollo de la competencia a lo largo del semestre. Ese trabajo constituye la agenda de investigación del área para los próximos ciclos.
8. Reflexiones y recomendaciones
Lo que este proyecto aprendió, en el fondo, es algo que la formación docente convencional no puede ofrecer por sí sola: un espacio donde los docentes piensan juntos sobre lo que ya hacen, desde la confianza y la continuidad que solo una comunidad construida en el tiempo puede sostener. La Universidad Icesi cuenta con múltiples espacios de formación pedagógica — diplomados, talleres, programas de actualización — y el seminario no compite con ellos sino que los articula: los convierte en insumos que el grupo procesa colectivamente, conecta con las preguntas específicas de sus cursos y transforma en práctica situada. Lo que la comunidad agrega no es más información sino un contexto donde esa información se vuelve acción: un lugar donde el aprendizaje docente es activo, recíproco y acumulativo, donde cada docente enseña y aprende al mismo tiempo, y donde la autoevaluación permanente no es una exigencia externa sino una práctica natural que emerge del vínculo con los pares.
Lo que funcionó y por qué:
La clave no estuvo en el diseño del programa sino en la acumulación. El seminario no transformó las prácticas docentes en un semestre: las fue transformando con el tiempo, a medida que la confianza crecía y las conversaciones se volvían más honestas. Los momentos de mayor productividad pedagógica — incluida la catarsis que dio origen al trabajo sobre evaluación — fueron posibles porque el grupo ya tenía historia. Eso significa que quien quiera replicar este modelo debe estar dispuesto a invertir en el proceso antes de ver resultados visibles, y debe resistir la tentación de acelerar hacia los productos saltándose la construcción de la comunidad.
El otro elemento que funcionó fue la coherencia entre forma y contenido: el seminario usa las mismas didácticas que promueve. Cuando los docentes vivieron una sesión inmersiva en un parque, no solo reflexionaron sobre pedagogía — experimentaron en su propio cuerpo lo que luego diseñarían para sus estudiantes. Esa coherencia no es un detalle estético: es lo que hace que el aprendizaje sea apropiado y no solo adoptado.
Condiciones mínimas para replicar este modelo:
Lo que aún está pendiente y constituye la agenda futura:
Este proyecto ha construido las condiciones y las herramientas, pero la medición sistemática del impacto en los estudiantes está en curso. Saber con certeza si un estudiante que cursó un programa CTS desarrolló más pensamiento crítico que antes — y si eso es atribuible a la transformación evaluativa y no a otras variables — requiere una herramienta de medición calibrada, tiempo y rigor metodológico. Ese es el trabajo que el área tiene por delante, y que dará a este modelo la evidencia que todavía le falta para demostrar, no solo mostrar, lo que produce.
Lo que sí puede afirmarse con certeza es esto: una comunidad docente que lleva varios semestres reflexionando colectivamente sobre sus prácticas, que ha producido herramientas compartidas, que documenta y publica lo que hace, y que sigue creciendo y atrayendo nuevos docentes, es en sí misma una evidencia de que algo está funcionando. La sostenibilidad del modelo — su capacidad de renovarse sin depender de una intervención externa — es quizás su resultado más difícil de medir y más importante de reconocer.
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